Tendemos a pensar en la autoestima como una actitud, que nos permite "gustarnos" y sentirnos bien con nosotros mismos.
Pero -si fuese así- nos alcanzaría con mirarnos al espejo, sonreír y pensar: "Qué genial soy!"

Si bien muchos libros y gurúes recomiendan hacer esto, sabemos que las afirmaciones positivas -por sí solas- no elevan nuestra autoestima.

Tampoco podemos construir nuestra autoestima sobre las opiniones de los demás: tal vez tengamos un "pico" de confianza cuando alguien nos elogia o nos felicita, pero pronto esa sensación agradable se desvanece... y esperamos una nueva palmada en la espalda, que nos levante el ánimo. Cuando ésta no llega, nos deprimimos si las cosas salen mal y nos enojamos si nuestro ego se ve amenazado.

Mucho menos aún, podemos basar nuestra autoestima en cosas externas, como nuestras posesiones, o nuestros éxitos. Estos no están bajo nuestro control y siempre existe la posibilidad de perderlos. Por lo tanto, no pueden alimentar una genuina confianza en nuestras capacidades y talentos. Tan sólo pueden darnos un alivio temporal, o una sensación de valía pasajera.

Si no son efectivos nuestros pensamientos positivos, el ánimo que nos dan los demás, ni aquello que conseguimos, ¿qué necesitamos para construir y sostener nuestra autoestima?

Cimientos más sólidos y perdurables...

En su libro "Los seis pilares de la autoestima", el profesor Nathaniel Branden identificó seis prácticas esenciales para cimentar la autoestima: conciencia, aceptación, responsabilidad, respeto, propósito e integridad.

Analicemos qué implica cada una:

    - Conciencia: reconocer la realidad que nos rodea y nuestro rol activo en ella. Principalmente, tomar conciencia de los "hechos" que nos hacen ser quienes somos: las elecciones que tomamos, los esfuerzos que realizamos, la reflexión que aportamos, los hábitos que desarrollamos, etc...
    La conciencia también nos permite estar completamente presentes en las cosas que hacemos y permanecer abiertos a recibir información, conocimiento y retroalimentación externos.

    - Aceptación: asumir nuestros pensamientos y sentimientos, sin repudiarlos, ni negarlos. Aceptarnos, valorarnos y comprometernos con nuestra mejora, sin por eso caer en la autocomplacencia. También implica admitir nuestros límites, problemas, dudas y sentimientos negativos como el dolor, la vergüenza y el temor.
    Aunque suene contradictorio, para aumentar nuestra autoestima debemos aceptar tanto lo positivo... como lo negativo.

    - Responsabilidad: entender que somos responsables de nuestras elecciones y acciones, de nuestro bienestar, del logro de nuestros objetivos, de nuestra conducta hacia otras personas, de la calidad de nuestro trabajo y de la elección de los valores según los cuales vivimos.
    Cuando se basa en la responsabilidad, la autoestima va acompañada de autoevaluación y autocontrol.

    - Respeto: hacia los demás, pero -principalmente- hacia nosotros mismos. Respetar nuestros deseos, necesidades y valores. No dejarnos llevar por aquello que dicen otras personas, sino defender nuestra posición y aceptar que nunca complaceremos a todos.
    Una persona que se respeta no se deja manipular, no simula ser alguien diferente para agradar y tiene el coraje de vivir según sus convicciones.
    El respeto nos permite confiar en que somos capaces de enfrentar los desafíos de la vida, de alcanzar cierto éxito y de ser felices.

    - Propósito: definir metas a corto y a largo plazo, elegir las acciones necesarias para alcanzarlas, evaluarnos periódicamente para no perder el rumbo y prestar atención a los resultados que obtenemos. Cuando vivimos con un sentido de propósito, no dependemos de la "suerte" o de acontecimientos fortuitos y contamos con criterios para evaluar aquello que nos hace bien y aquello que no.
    El logro de metas significativas influye considerablemente en nuestra autoestima, porque nos brinda una sensación de control sobre nuestra vida.

    - Integridad: ser congruentes entre aquello que profesamos y aquello que hacemos. Una persona con integridad es honesta, honra sus compromisos y ejemplifica sus valores con sus acciones.
    Su práctica diaria apoya sus más altos ideales. La confiabilidad que genera, es una fuente de autoestima.

Estas prácticas que cimientan nuestra autoestima, nos protegen de los mayores peligros de la autoafirmación y el amor propio: el orgullo, la arrogancia, la vanidad, la presunción y el sentimiento de superioridad.

Como se desprenden del conocimiento de nosotros mismos, nos libran de compararnos con los demás, o de creer ser algo que no somos.

Cuando cimentamos nuestra autoestima en el autoconocimiento, comprendemos que nadie puede "dárnosla": ni nuestros padres, ni nuestros amigos, ni nuestro jefe, ni nuestros vecinos, ni nuestro auto nuevo, ni el título que cuelga de la pared...ni el espejo!

Y -principalmente- descubrimos que tampoco nadie puede quitárnosla.

Más que una actitud, la autoestima es una disposición a experimentar la vida con confianza en nuestra capacidad para pensar, para aprender, para tomar decisiones acertadas y para actuar en nuestro beneficio.

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"Si tú tienes una manzana y yo tengo una manzana e intercambiamos las manzanas, entonces tanto tú como yo seguiremos teniendo una manzana cada uno. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea, e intercambiamos las ideas, entonces ambos tendremos dos ideas"

Bernard Shaw