Varias investigaciones muestran que la amistad en el trabajo es un factor que puede hacer la diferencia en lograr resultados extraordinarios. Sin embargo, la amistad ocurre de manera voluntaria entre las personas, y no hay mucho que podamos hacer para fomentarla. ¿O quizás no sea algo tan mágico, y podamos hacer algo al respecto?

Varios estudios muestran que las conexiones fuertes entre las personas son vitales para nuestra salud mental y física. Es tan así que hoy en día muchos científicos creen que es imposible estar saludable sin sentirnos conectados a otras personas.

Más aún, un estudio del 2011 demostró que la soledad en el lugar de trabajo no sólo es una experiencia personal incómoda: puede interferir con el rendimiento del equipo entero.

Y todo esto nos lleva al tema de fondo: incluso si la amistad fuera vital para el rendimiento en los espacios de trabajo, ¿qué puede hacer una organización al respecto? Después de todo, la amistad es voluntaria. No podemos persuadir a las personas a que se hagan amigos.

¿O si?

La ciencia de hacer amigos

Resulta ser que las organizaciones tienen mucha más influencia de lo que creen en la amistad que forman sus empleados. Para comprender cómo las empresas pueden fomentar esta relación entre los trabajadores, primero debemos examinar los ingredientes en común que hay en las amistades exitosas.

¿Qué hace que una persona le caiga bien otra?

Una de las primeras pistas la encontramos en un estudio psicológico llevado a cabo en un lugar inusual: una academia de policía en el estado de Maryland. Cuando los cadetes de policía se presentan a servicio por primera vez, no se conocen entre si. Pero después de un programa de entrenamiento intenso que dura varias semanas, es común que se formen amistades muy fuertes entre ellos.

¿Qué lleva a un cadete a hacerse amigo de algunos colegas pero no de otros? Para descubrirlo, los investigadores entrevistaron a los cadetes al terminar el programa y les pidieron que indicaran quién era su amigo más cercano del trabajo. Y lo que obtuvieron fueron resultados muy extraños. Los O'Brien tendían a elegir a los O'Malleys, y los Foster a los Franklins. Pero la probabilidad de que un O'Brien se conectara con un Foster, o que un O'Malley se hiciera amigo de un Franklin, eran mucho más bajas.

La pregunta es porqué. ¿Qué tenía que ver la inicial de sus apellidos para que aumetara la probabilidad de hacerse amigos?

Y el motivo, como descubrieron los investigadores, era muy simple. Tanto los dormitorios como los asientos en la academia eran asignados por orden alfabético. El apellido de los cadetes determinaba con quién pasarían más tiempo, y mientras más tiempo los cadetes pasaban juntos, más probable que se volvieran amigos.

Y esto marca el primer ingrediente para la amistad: la proximidad física. Podría parecer un requerimiento obvio para la amistad, que ni siquiera merecería ser mencionado, excepto que las consecuencias son enormes. Piensen en la cantidad de amigos cercanos que formaron mientras estudiaban, o piensen en personas con las que trabajan cerca que ahora quieren mucho. ¿Cuántas de estas relaciones hubieran existido si se hubieran sentado en otro lugar?

La misma observación aplica para el romance. ¿Crees que vos y tu pareja están hechos el uno para el otro? Quizás. Pero si de entre los 7 mil millones de habitantes del planeta vos y tu alma gemela casualmente vivian bajo el mismoi código postal cuando se conocieron, quizás el destino cósmico tenga menos que ver con su relación que la proximidad que tuvieron.

Cuando un colega trabaja cerca nuestro con frecuencia, la probabilidad de hacernos amigos son mucho mayores que si trabajara en un departamento diferente. Quizás ahora mismo haya una persona en la empresa que podría ser el mejor amigo que pudieras tener. Pero si las oportunidades de interactuar con esta persona son limitadas, podrías pasar el resto de la vida sin conocerlo.

Un segundo requerimiento para la amistad: familiaridad. En promedio, mientras más vemos a una persona más tiende a caernos bien, y a menudo este efecto es inconsciente.

Los psicólogos lo llaman efecto por simple exposición, y explica que nuestros cerebros están diseñados para desconfiar de lo desconocido. Existe cierta inquietud cuando conocemos a alguien por primera vez. Pero con la exposición repetida desarrollamos una sensación de seguridad y comodidad a su alrededor. Y es por eso que con la familiaridad surge la amistad.

Los estudios muestran que el efecto de exposición no sólo afecta nuestra impresión de las personas. También funciona con pinturas, canciones, y productos. ¿Alguna vez se preguntaron por qué Coca-Cola sigue gastando millones en publicidad cuando casi todo el planeta conoce la marca? Mientras más vemos su logo, más tiende a gustarnos (y a comprar) el producto.

El tercer factor que contribuye a la amistad es la similitud. Mientras más cosas tengamos en común con los demás (sea una carrera, un programa de TV favorito, o incluso el mismo día de cumpleaños), más nos van a caer bien.

¿Y por qué pasa esto? Porque la similitud reafirma nuestros puntos de vista. Si a mi me gusta Invasor Zim y a vos también, tu opinión valida la mia y me hace sentir bien conmigo mismo.

En un estudio sobre mejores amigos que logran mantenerse juntos por 20 años, los investigadores descubrieron que el factor que mejor predice una relación a largo plazo es el nivel de similitud que hay entre las personas cuando se conocieron por primera vez. Y el mismo principio aplica a relaciones románticas. Quizás las comedias y los sitcoms nos convencieron que los opuestos se atraen, pero la evidencia es concluyente: cuando se trata de relaciones a largo plazo, la similitud es mucho más importante que las diferencias.

Si bien la amistad se crea sobre los pilares de la proximidad, la familiaridad y la similitud, los psicólogos saben que pueden existir estos tres elementos e igual no florecer la amistad. Todavía falta un ingrediente vital para iniciar el proceso.

¿El ingrediente faltante? Los secretos.

Cómo convertir a un conocido en un amigo

Una investigación de 1997 liderado por Art Aron buscó resolver una intriga: ¿se podía recrear el proceso de amistad en un laboratorio? Aaron desorrolló un estudio donde varias personas se entrevistaban mutuamente usando un conjunto diferente de preguntas. Un grupo de preguntas eran referentes a temas generales, donde se fomentaba el intercambio de información fáctica, y se minimizaban las revelaciones personales. Por otro lado, el otro grupo de preguntas incitaba a los participantes a compartir información emocional sensible.

La conclusión de Aaron: si queremos que dos personas se conecten, no alcanza con tener un intercambio fáctico. Lo que se necesita es que las personas revelen información íntima sobre si mismos, de manera recíproca. No alcanza con que una persona hable y la otra escuche; esto solo hace que una persona se sienta expuesta. Para que se genera intimidad, ambas personas tienen que abrirse.

Se descubrió que la amistad en los lugares de trabajo tiende a seguir tres patrones bien distinguidos, marcados por tres transiciones clave.

La primera transición es pasar de conocido a amigo. En general, todo lo que se necesita para que ocurra esta transición es trabajar cerca de una persona por un año, y ocasionalmente colaborar en algún proyecto en equipo. ¿Cómo poder saber si dos colegas con amigos? Irónicamente, mirando la cantidad de tiempo que pasan discutiendo temas no relaciones a su trabajo.

La transición de amigo a amigo cercano (o mejor amigo), es distintinta. La clave allí es compartir problemas de la vida personal, del hogar y del trabajo. La misma apertura que menciona Aaron en sus estudios (para generar amistades duraderas) es el corazón de las relaciones a largo plazo en el trabajo.

Por supuesto, el desafio para muchos de nosotros es que compartir información íntima es como asistir a un casino emocional. Si la otra persona lo hace recíproco, las ganancias pueden ser grandes: podemos generar una relación profunda y duradera. Pero si nuestra apertura no es recíproca (o peor, es criticada), nos terminamos sintiendo expuestos. Y esa experiencia es dolorosa.

La ironía es que las relaciones cercanas se suelen construir en base a riesgos compartidos. Es cuando revelamos nuestras vulnerabilidades que adquirimos nuevos amigos.

En resumen, la receta para la amistad es simple: proximidad, familiaridad, similitud y apertura personal. El truco conssite en crear condiciones donde naturalmente se fomenten e integren estos elementos a nuestro entorno de trabajo.

Traducido y adaptado de The best place to work, de Ron Friedman

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